Japón 2012

terça-feira, 15 de março de 2011

Área costera de la ciudad de Minamisanriku, en el noreste de Japón, totalmente desvastada por el tsunami.


Creí que todo lo que acontecía estaba sucediendo en todo el mundo... sentí que todo se terminaba, que esto era el fin del mundo”. Visiblemente conmocionada y aún así con su ánimo y su elegancia intactos, la anciana japonesa enfrentaba a las cámaras de televisión en la devastada ciudad de Natori, revelando que en sus 70 años de vida no había pasado por una circunstancia semejante. El ya imborrable 11 de marzo de 2011 millones de japoneses sintieron en su pecho el ahogo de angustias similares. El sorpresivo y violentísimo terremoto que rajaba la tierra y las gigantescas olas marítimas que arrasaban con todo lo que encontraban a su paso se convertían en una increíble experiencia, propia de otra dimensión.

De algún modo, allí donde fuera que estuviésemos ese día, todos sentimos que un endeble andamiaje de creencias temblaba bajo nuestros pies. Mientras la noticia se derramaba, ominosa, por las redes internacionales de comunicación, la población del planeta no pudo sustraerse a la amenaza apocalítica que encierran ciertas premoniciones sobre un fatídico final para la Tierra en el próximo año 2012. Cuatro días depués de la catástrofe el buscador de Google alcanzó un record: la frase “end of the world” (fin del mundo) devolvía más de 800 millones de resultados. Las pesquisas de información respecto al anuncio incluído en el calendario maya que predice para el 2012 el fin de los tiempos se multiplicaron de manera insólita. En este mismo blog el post titulado El apocalipsis según los mayas pasó a ser, por lejos, el más visualizado de la semana.

¿Es la tragedia de Japón un adelanto de lo que vendrá? ¿Deberemos esperar por muchos “japones” en cualquier lugar del planeta? ¿Estos son los efectos del calentamiento global producido por la cultura materialista/consumista impulsada por el hombre dominador/productivista? ¿Acaso se trata de un cíclico reacomodamiento del globo que, en brutales vaivenes, se libera de energías negativas para continuar avanzando en su proyecto de evolución? ¿O es, nomás, la hora del Armagedón, el apocalítico fin de la humanidad cuando Dios salvará a sus 144.000 elegidos y todo lo demás desapareceremos de um plumazo?

Cualquiera sea la respuesta, lo cierto es que hoy Japón nos brinda escalofriantes datos como si fuesen alucinantes imágenes oníricas, recuerdos espantosos de algún futuro cercano.

  • 10.000 bombas. La energía liberada por el desplazamiento de las placas tectónicas que promovieron el terremoto equivale a unas 10 mil bombas atómicas similares a las arrojadas sobre Hiroshima y Nagashaki en 1945.
  • Muertos. Las víctimas fatales aún se siguen contando por centenares. Cifras provisorias hablan de más de 9.000 muertos y unos 12.000 desaparecidos, aunque la tendencia es que esos números aumenten a medida de que avanza la evaluación y el trabajo de los equipos de rescate.
  • Pueblos borrados. Otsuchi era un pueblo de pescadores ubicado en el nordeste de Japón que fue reducido a escombros. Castigado por el tsunami primero y enseguida por un generalizado incendio, Otsuchi habría perdido más de la mitad de su población de 17.000 habitantes.
  • Más pobres más indefensos. El temblor castigó una de las regiones más pobres del país, formada por seis provincias: Aomori, Iwate, Akita, Fukushima, Yamagata y Miyagi. La región abrigaba una población de más de 9 millones de almas con una economía basada en la agricultura.
  • Huérfanos. 100.000 chicos fueron desplazados de su lugar de origen, al quedarse sin familia y sin casa.
  • Sin electricidad. Millones de personas están sin electricidad mientras el gobierno alertó para el riesgo de apagones se no hay economía en el uso de la luz. Los cortes de electricidad afectan a decenas de hispitales próximos a la ciudad de Sendai, la más afectada por el sismo.
  • Peligro nuclear. Las centrales nucleares de Fukushima fueron seriamente dañadas y el peligro de contaminación radioactiva, que ya obligó a la evacuación de más de 200.000 personas, amenaza a una buena parte de la población, inclusive de grandes ciudades como Tokio.
  • Sed sin agua. Millones de personas siguen sin agua potable debido a las roturas de los ductos de abastecimiento. En Fushima y sus alrededores el agua disponible no puede ser usada ante el peligro de estar contaminada por desechos nucleares.
  • Sin rutas, sin gasolina. Autopistas y rutas cortadas impiden la comunicación y la ayuda humanitaria aislando a poblaciones enteras. Mientras el combustible comienza escasear y es fuertemente racionado en las gasolineras.

Estas son apenas algunas de las consecuencias más graves del cataclismo. Apenas para darnos una idea de lo que podría pasar si un temblor de esa magnitud sacude el subsuelo de la bendita tierra donde ponemos a diario nuestros pies. Porque hoy, vivamos donde fuera, todos estamos expuestos a estas catástrofes. Unos más y otros menos, pero expuestos al fin.

¿Calentamiento global?, ¿Proceso natural? ¿Apocalipsis?.. ¿Será que importa mucho la causa del estrago? Podríamos decir que no. No creo que por estas horas los japoneses estén discutiendo de donde vino el mazazo que sacudió sus vidas. Y no obstante, creo que mientras estemos afuera del círculo fatal sería pertinente intentar comprender las causas de lo que está ocurriendo en el planeta. Y, desde esa comprensión, organizar mejor nuestra defensa y hasta plantearnos modificar drásticamente nuestro modo de vida.
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