Huertas para el hambre de Haití

sexta-feira, 5 de agosto de 2011


  
Los desamparados haitianos parecen haber encontrado un agujero para iniciar la fuga del atroz laberinto en el que están sumidos desde el arrasador terremoto que sufrieron en enero del 2010. Un programa de producción alimentaria tan simple como eficaz está siendo desarrollado por técnicos argentinos que han ayudado a crear hasta hoy 12.500 huertas, que dan sustento a 90 mil personas. Ese es el piso sobre el que se asienta una meta bien más audaz: extender el programa a 4 millones de haitianos.

Ya pasó más de un año del violento sismo que sacudió la conciencia del mundo entero y, lejos de apreciarse una recuperación siquiera mínima del extenso desastre, las condiciones siguen siendo difíciles en el país más pobre de América donde miles y miles de personas permanecen en situación de extrema vulnerabilidad. Todo es insuficiente. Más de un millón de personas siguen sin vivienda, y los refugios, el agua potable los alimentos no alcanzan.

Pese a los anuncios de que se pondría en marcha la mayor operación de ayuda internacional jamás realizada, la organización Médicos sin Fronteras (MSF) denunció tiempo atrás que “los haitianos continúan soportando unas condiciones de vida inhumanas”.

“A lo largo de todo este tiempo escuché muchas veces cómo se hablaba de promesas, planes, estrategia, dinero. Escuché estas palabras una y otra vez... pero lo que veo, y no se hace, es que esas promesas y esos planes tendrían que ir acompañados, al fin, de acciones concretas”, señaló el jefe de la misión de MSF en Haití, Stefano Zannini.

Tal vez esta iniciativa de crear miles de huertas acaben teniendo efecto más concreto, profundo y duradero que los millones de dólares prometidos por las grandes potencias y que aún no aparecen, y hasta sirva para calmar en parte la angustia del solidario y heroico cirujano Zannini, quien ya se debatió contra el cólera y otros males para salvar centenares de vidas en la isla caribeña.

Empoderando a la gente
Eprograma en cuestión se llama Pro-Huerta y es un proyecto que desarrolla el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria de la Argentina (INTA) que, en ese país, ya posibilitó la creación de más de 600.000 huertas y más de 100.000 granjas con la participación de unos 3.500.000 de personas.

En Haití, las 12.500 huertas creadas hasta el momento son la base de un programa de inclusión social y se sostiene con una estructura que va de abajo hacia arriba: la comunidad que produce la huerta; los líderes comunitarios que son capacitados por ingenieros agrónomos; los delegados del Ministerio de Agricultura de Haití y un coordinador nacional.


“Todos son haitianos porque el proyecto es haitiano. Lo que nosotros, desde Argentina, hacemos es cooperar en el desarrollo, capacitarlos, participar de la selección de los técnicos y hacer el seguimiento y evaluación”, explicó Julia Levy, directora de Cooperación Internacional del Ministerio de Relaciones Exteriores de Argentina.

En este sentido, sostuvo que "esos 1.890 líderes comunitarios -la mayoría de ellos mujeres- logran un empoderamiento porque ya no hay que viajar kilómetros y kilómetros para conseguir alimentos. Para sus vidas, es muy valioso tener la huerta en casa”.

Las huertas son de tres tipos: las de las comunidades, las escolares y las familiares y “en cualquiera de los casos no hay excedente, porque se trata de la autogestión de alimentos frescos. Si algo sobrara, se reparte entre la gente, no se vende, porque no es ese el propósito”, explicó la funcionaria.

A cada huerta se le entregan 25 variedades de semillas de vegetales que tienen un valioso contenido nutriente. Para que la huerta sea autosuficiente se está empezando a agregar cítricos, granos y pollos, a los que pronto se les sumarán conejos. Y así se convertirán en granjas, lo que permitirá una alimentación completa de las familias.

“El gobierno nos había pedido antes del terremoto de 2010 que llegáramos a un millón de personas. Ahora, el presidente Michel Martelly nos pidió que llegáramos a la mayor cantidad de gente, con un piso de cuatro millones”, contó Levy.

Por eso, la idea es extender la cobertura territorial del Pro-Huerta Haití -actualmente se sitúa en 6 de los 10 departamentos de ese país-, con énfasis en la cooperación para obtener el acceso al agua para consumo humano y riego, así como en la transformación de las huertas de autoproducción en unidades intensivas de producción de alimentos frescos. Con ello se busca incorporar cereales, leguminosas, frutas, raíces y tubérculos alimenticios.

Redes sociales, nuevas formas de vida   
Quienes impulsan el programa -que cuenta también con apoyo de Canadá- se entusiasman y aseguran que puede ser la llave de un tarea más abarcativa y profunda. “Vamos a hacer un fortalecimiento del proyecto para que además de la huerta, los haitianos bajo programa tengan acceso a la salud, a la educación y trabajo”.

Lo que algunos llaman el fin del mundo es en realidad el fin de una era en la vida del planeta y el inicio de otra. Como ya ocurrió en otras oportunidades similares, ese pasaje puede traer consigo sacudones telúricos y modificaciones climáticas de gran magnitud. Cambios tan drásticos pueden alterar de manera profunda nuestro actual sistema de sobrevivencia, en extremo dependiente de cadenas industriales de producción alimenticia.

La simple desaparición de una gran represa -ya sea devorada por un terremoto, arrasada por un tsunami o derretida por la lava de un volcán- puede privar de energía eléctrica a toda una gran ciudad y, en consecuencia, tornar inútil toda la cadena de producción, refrigeración y distribución de alimentos.


En una situación de esas, el conocimiento -y posterior saber- de cómo organizar una huerta en cualquier rincón mínimo de tierra puede ser la frontera que separe la vida de la muerte. Si te pones a pensar, Haití tal vez sea un anticipo de eso. Alcanzados por los sacudones tan imprevisible como renovadores de Gaia y privados de los ya obsoletos sistemas de sobrevivencia, los haitianos pueden llegar a encontrar, de modo inteligente y eficaz, las herramientas para acabar con la hambruna, organizarse en creativos sistemas de producción y cooperación, construir redes sociales solidarias y liberarse definitivamente de la miseria y la opresión que los esclavizó durante más de 500 años.

Qué tal tomar nota de esta experiencia y empezar por uno mismo, aprendiendo a crear nuestra propia huerta, meter la mano en la tierra, comer alimentos orgánicos libres de pesticidas, ahorrar dinero, pasar ese estímulo a las escuelas y a nuestros vecinos, reamigarse con la naturaleza y detentar un saber que nos garantizará sobrevivir en cualquier condición adversa? Al fin y al cabo, con cataclismos o sin ellos, de lo que se trata es de ir perfilando y ensayando una nueva civilización, comunidades de mujeres y hombres libres, capaces de alimentar y cuidar su cuerpo para liberar los sueños del alma. 

Haití nos está dejando una lección. Sería bueno aprenderla porque Haití es aquí y ahora, donde quiera que estemos. Aunque no lo hayamos percibido, el futuro ya está con nosotros.           
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