Cada loco con su tema

domingo, 20 de abril de 2014

* Por Alú Rochya
Qué le parecieron las pinturas? – me preguntó el doctor Gudiño.
-Me encantaron, me parecieron maravillosas- respondí.
-Ah, sí? Por qué? 
-Porque las veo plenas de vida, de mensajes profundos. Conmueven.
-Bueno, eso es la locura, amigo... Toda esa obra es fruto de la locura- sentenció el psiquiatra.

Las telas colgadas en la amplia sala de espera del centro médico, habían sido pintadas por un paciente de Gudiño. “Por épocas él anda muy bien, tranquilo, sin mayores problemas. Y cada tanto se brota, se desequilibra y ante la imposibilidad de contenerlo, debemos internarlo en una clínica. Es ahí, cuando está internado, que él pinta todo eso”.

La “locura” de ese “loco” parecía ser la verdadera vida del “loco”, su auténtica existencia. En esos días de “locura” se verificaba la presencia absoluta de su ser en este mundo. Lo que le permitía la manifestación de su talento, con el cual revelaba todo lo que tenía guardado en su alma, todo eso que el espíritu quería dejar impreso en su brevísimo pasaje por estas tierras, tan lejanas de su hogar.

El lúcido psiquiatra culminó su relato con una rotunda afirmación, que dejó trasvasar mientras me miraba serenamente a los ojos: “El principal problema de la gente es su sobreadaptación al medio”. Acto seguido me extendió la mano, nos saludamos con un apretón de amigos y siguió su camino.

Me llevó un tiempo comprender en su real magnitud la parábola ensayada por el doc. Al final, ¿quiénes son los locos? ¿qué es, realmente, la locura?

Él dijo sobreadaptación. Y esa parece ser la palabra clave. Porque quien se sobreadapta a un medio lo que hace es repetir de manera amplificada el modelo -o los modelos- predominantes en ese medio. El tipo se adapta copiando, haciéndose copia de los otros. De tal manera, el medio pierde la posibilidad de transformarse pues continúa a recibir más de lo mismo. Y lo peor, el sobreadaptado debe dejar de ser un proyecto inédito para convertirse en una mera reproducción de otra cosa, diferente y ajena a la propuesta original. Luego, todo el proceso de evolución –individual y colectivo- se inhibe, se hace errático. Una pena.

La locura que todo lo cura
No tenemos la mínima posibilidad de vivir nuestras vidas en plenitud ni de realizar nuestros sueños, el proyecto de nuestra alma, sino vivimos cada día y todos los días de nuestra existencia terrenal inmersos, de piés a cabeza, en nuestra personalísima y singularísima locura. La verdadera locura. O, mejor dicho, la (lo)cura.

La (lo)cura es lo que nos cura. Lo que nos cura las heridas. Heridas producidas al llegar aquí, a un mundo siempre hostil y desarmonizado por el propio hombre. Heridas recibidas en el arranque mismo de nuestra jornada, cuando éramos tiernos e indefensos. Todas la heridas recibidas en el alma, en el cuerpo, en la mente, durante nuestra vida hasta aquí. Todas las heridas que recibimos cada día y seguiremos recibiendo en cuanto la vida por estas pampas continúe siendo una guerra cotidiana. Heridas de guerra, que nos van haciendo expertos en cicatrices.

La cura, la sanación de nuestras heridas está en nosotros mismos. Y es nuestra propia (lo)cura. Ese es el remedio (re-medio: lo que vuelve a poner en el medio, en el centro, lo que nos devuelve el equilibrio).

Nuestro remedio / locura está destinado a curar nuestras heridas y las heridas de la locura de los locos de este planeta. Y es la esencia de todo lo que traemos en nuestra mochila espiritual. Eso que trajimos lo trajimos para ponerlo en la vida. En la medida en que revelemos esa esencia, que creemos con ella, que realicemos con ella, que la pongamos en la vida, la vida se irá armonizando. Porque la desamornización, el desatino, el delirio es venir a este mundo a ser algo y a dejar algo y, finalmente, acabar pasando por este mundo sin hacer ni una cosa ni la otra. Esa esa la locura de los locos que clama por una cura.

Los locos normales
Loco, loca, es la persona que se fija en un local, que queda localizada, anclada, fijada en determinadas coordenadas. La mayoría de las personas en este mundo están locas. Localizadas en este planeta, fijadas a este plano, donde predomina la materia o lo que es lo mismo: una expresión de la energía cósmica mucho más densa. Por lo tanto esa energía vibra, en frecuencias más bajas que la frecuencia del alma de las personas.

El alma, en una vibración más sutil, trae la información de la cura, la lo-cura. Sólo que las mayorías, sobreadaptadas a lo que llaman normalidad, la mayor parte del tiempo eligen vibrar en la frecuencia más baja, más densa, más material.

¿Te sucede a ti? ¿No? Qué bueno, mejor así. Entonces debes haber advertido que los “normales” eligen la frecuencia materia y dejan su dial clavado en la misma emisora de energía. Se fija ahí, se localiza ahí. El normal observa como hacen los demás, qué hacen los demás, cual es la onda de los demás y se sintoniza en esa onda. Es como escuchar siempre la misma emisora radial o asistir siempre al mismo canal de televisión.

El normal se programa todos los días para seguir la misma programación; escucha las mismas voces, ve las mismas caras. Elige, sí, pero elige entre la oferta limitada de los normales. Y apenas lo que le dejan elegir. Es como esos juegos donde tú eliges el final. Sólo que el 99% de la novela entera la han escrito los demás y a ti jamás te consultaron.

La gente elige, sí, pero elige para sí mismo cosas del afuera no de su adentro. Lo de su adentro, sus deseos, sus sueños, sus proyectos, su visión del mundo, su papel en este mundo van quedando cada vez más postergados a medida que pasan los cumpleaños.

Cada persona en este mundo es un milagro por la simple razón de que esa persona es única, singular, irrepetible. Todos nos parecemos pero todos tenemos algo que nos diferencia de los demás. Todos hacemos parte de un uno, pero todos tenemos esa nuestra parte única –cada loco con su tema- con la que completamos al uno. Y hacemos un uno colorido, diverso, múltiple.

Pero si nos olvidamos de eso y dejamos de sacar afuera la esencia de lo que somos, si dejamos de aportar nuestro sabor y nuestro color, terminamos fijándonos en lo de afuera. Desaparece la paleta de colores infinitos y el generoso surtido de condimentos. Y así el color del mundo se hace gris y el sabor de la vida se hace insulso.

Nos localizamos en una sola frecuencia, aferrados a lo que hay en este planeta y no vemos más allá. Ya no somos ángeles, gente de otro mundo trabajando aquí. Pasamos a ser de aquí, de esta localización cósmica, de esta pequeña localidad, de este local. Dejamos de ser un viajero del espacio, un surfista cósmico, un animal de galaxia, para quedar reducido a un loco, a un simple loco. Adaptado, sobreadaptado al medio local.

Un mundo de locos
La (lo)cura es todo eso que siempre deseamos hacer y no hacemos. Como decía John Lennon, es lo que dejamos de hacer mientras estamos ocupados haciendo otras cosas. Qué locura. Queremos ser músico, equilibrista, científico, futbolista, cocinero y nos pasamos toda la perra vida metidos en una oficina o en una fábrica de cosas que no nos interesan.

¿Quién está loco? ¿El oficinista que vegeta, apenas durando, triste, frustrado o aquel loco pintor que saca de su alma su parte de (lo)cura, su pócima sanadora para entregarlo a los demás?

La locura de este mundo que ha perdido la razón es alimentada diariamente por los locos, locos perdidos, extraviados de sí mismos, muertos en vida. La cura de la (lo)cura es el remedio que traen los (lo)cos, los loco-lindos, los maluco beleza, para intentar hacer florecer al mundo.

Este mundo se derrumba, se cae a pedazos. Digamos basta a las normas que nos hacen prisioneros de la normalidad y de los normales. Comenzemos ya a construir los mundos soñados. Soñemos despiertos, entre tanto muertos dispuestos a la acción.


El Loco es el arcano clave del Tarot. Es el origen de la vida. De él nacen los demás arcanos. Es la libido de los demás arcanos, pues todos tienen su energía en distintos grados. Principio y fin, alfa y omega, El Loco es el Dios del Tarot.

Permitámonos ser nuestro Dios. Ser lo que profundamente somos. Liberémonos de pudores y vergüenzas. Démonos vuelta el alma como un guante para que aparezcan los sueños, las palomas, los conejos. Basta de grises sobrevivencias. Vivamos a pleno la vida, que es bella y a colores. Seamos la libido de todo lo que tocamos, el Eros de todo lo que amamos. Acabemos con toda esa locura de no poder ser y no saber quién somos.

Los locos nos llamarán de locos. No importa. Hacía notar Nietszche que “aquellos que fueron vistos bailando fueron juzgados insanos por aquellos que no podían escuchar la música”. Seamos osados, transgresores, creativos, artistas. Sigamos, alegremente y solamente el camino del corazón. Bailemos siempre al son de nuestra propia música... q



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