Cambiando el paradigma

domingo, 25 de maio de 2014




* Por Alú Rochya

Un paradigma es un modelo, la representación de un patrón a ser seguido, una matriz cultural que implica el cultivo de determinados valores y métodos. Es una cosmovisión, una idea de cómo es y debe ser el mundo y la vida, en fin, un modelo. Y es el paradigma del materialismo lo que ha caído, definitivamente, en la obsolescencia. Está agotado como modelo social y cultural, y se ha revelado insuficiente -y hasta contraproducente- para dar satisfacción a los anhelos de realización del alma humana.

Y con el materialismo se desmoronan los valores, las morales, los modos, las formas, los pensamientos, los sentimientos, las fórmulas, los medios y los fines que fueron caracterizando a la civilización humana a través de los últimos 13.000 años. Un vasto y profundo cambio se viene perfilando en las mentes y corazones más abiertos, más osados, más innovadores. Y la esencia de ese cambio es un cambio de paradigma.

La tan trillada frase de que el dinero no hace la felicidad ha sido blanco de desvalorizaciones, chacotas y desprecios varios a medida que la producción de bienes materiales fue aumentando y creciendo en sofisticación y como valor de cambio. Pero el espíritu de la frase continúa intacto, y es reconocido y aceptado hasta para esterilizar su aplicación práctica. Alguien que pretendió defender el poder de la vil moneda dijo: “es verdad que el dinero no es garantía de felicidad, pero si me toca llorar prefiero hacerlo sentado arriba de una Ferrari”.

Ahí está todo explicado. Sabes que el dinero no te hará feliz, sabes que podrás tener una Ferrari y que llorar acomodado en su butaca resultará más confortable y hasta te otorgará un cierto estatus. Pero reconoces que no evitarás llorar, no podrás evitar sufrir. Y ese es el gran tema. El sufrimiento. Ese inacabable sufrimiento que ni las más avanzadas de las tecnologías ni los más deliciosos placeres han logrado aventar del corazón humano.

¿Por qué? Simplemente porque la felicidad es cosa del alma. Si el alma no se realiza, si no hace reales sus potencias, sus talentos, sus sueños, sus anhelos, no hay dinero que compense el dolor de no ser, la tristeza infinita de haber dejado de cumplir, de haber desechado la gran oportunidad de crecer, de evolucionar, de ser mejor. El alma es la palabra cuyo significado encierra la clave de nuestra esencia, lo que nos es propio por naturaleza, lo que revela nuestra identidad, lo que realmente somos. 

Y si eso que somos no encuentra un cauce de realización, de convertir lo anhelado en actos ciertos aquí en la tierra, interiormente somos infelices. Y eso es lo que duele, lo que nos hace sufrir por más abultada que sea nuestra cuenta bancaria, por más veloz que sea nuestro automóvil, por más funciones que traiga el smartfone o el iPad, por más placentero que sea entreverar mi piel con otra piel, por más fama que consiga, por más poder conquistado.

El vacío interior
Somos una maravilla biológica, un cuerpo orgánico de inigualable inteligencia en este plano terrenal. Sin embargo, somos apenas un medio, un vehículo, un sirviente del alma. A sabiendas de que cuenta con esa extraordinaria herramienta de realización, el alma -tenaz, inquebrantable, incorruptible- puja sin cesar en su porfía por ser, por alcanzar existencia real. 

El alma es una dulce y bella fiera que cada día exige su ración. Si le das su alimento, te hará feliz. Caso contrario no te dejará vivir en paz y amenazará con devorarte. Cuando esa demanda álmica no es atendida te tiñe de insatisfacción, te sientes sin brújula, tu vida pierde el rumbo, vivir pierde sentido. Y es eso lo que provoca un sufrimiento tan profundo que no hay dinero que lo cure. Podrás tener todo por fuera pero te sentirás vací@ por dentro.  

El hombre apostó todo a la materia y durante miles de años desafió a su propia naturaleza en una colosal y absurda pulseada. Todavía hoy los ideólogos y dirigentes mejor intencionados insisten en el error. Predican una sociedad materialmente más igualitaria, donde las riquezas sean distribuídas con equidad y eso se convierte en su fin último. Por eso se derrumba el capitalismo y por eso ha fracasado sonoramente el socialismo. Su mirada no puede trascender lo contornos limitantes y reduccionistas de la materia. 


Por supuesto que las riquezas que la Madre Tierra proporciona deben servir a la sobrevivencia de todos y no apenas a las de unos pocos, pero eso es apenas el medio y no el fin. La finalidad de toda sociedad debe ser la creación y generación de todas las condiciones necesarias para que cada individuo pueda encarar su jornada de evolución personal mediante la realización de los mandatos de su alma.

Esos mandatos tienen mucho más que ver con cuestiones afectivas, emocionales, sentimentales, espirituales, que con el dinero, el comercio, la economía  o las finanzas. Los mandatos álmicos están más vinculados a la armonía con la naturaleza que al intento de dominarla; a la cooperación antes que a la competencia; a la paz antes que a la guerra. Es decir, a todo aquello que trasciende el mero marco biológico animal en que está encuadrada el alma.    

Esta civilización cumplió su ciclo. Viajando en el sistema solar, el planeta Tierra va saliendo de sus tiempos más sombríos y comienza a ubicarse más cerca del centro de la galaxia, desde donde nos llega - a través del Sol- cada día más luz. Y así comenzamos a ver lo que no veíamos, que el actual sistema materialista se ha mostrado manifiestamente inútil para representar al ser human@ y su proyecto de trascendencia. Un proyecto que está pensado y organizado naturalmente para la evolución amorosa de todas las expresiones de vida que habitan el cosmos.

Si empezamos a atender los mensajes que nos están llegando desde todas partes para darle cauce a la transición hacia la vida nueva, es posible que iniciemos el diseño de sociedades cuyos paradigmas apunten a lo que en esencia somos, en tanto seres cósmicos inteligentes y amorosos, y menos a la estúpida acumulación de dinero, objetos o falsos prestigios. Es decir, terminar con la ilusión de que la materia es el fin último y el premio que nos hará feliz y asumir la realidad de que la materia es un medio, es la arcilla con la que podemos moldear los más preciados sueños que trajimos en el alma cuando descendimos en este bendito rincón del cosmos.q
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