La agonía del materialismo

quarta-feira, 11 de junho de 2014



* Por Alú Rochya

El mundo se va acabar. Aunque algunos prefieran la duda. O cerrar los ojos a lo inevitable. Son justamente aquellos que desean que el mundo siga girando así, como venía girando: alrededor de sus tiernos ombligos y de sus infinitas chequeras. Pero, a partir de la fecha de 21 de diciembre del 2012, algo extraordinario parece estar aconteciendo a nivel mundial. Las crisis se arrastran sin solución cierta y definitva a la vista, y se tiene la sensación de que las cosas, así como están, no van más. Algo se está terminando, algo está cambiando. Esta vez para siempre.

3.000 millones de personas ganan menos de dos dólares diarios, lo que significa que están por debajo del nivel de la pobreza. 1.200 millones de ellos ganan menos de un dólar diario y están por debajo de la pobreza extrema y hay 900 millones de personas que, directamente, no tienen qué comer. Según datos de la Unicef, cada día mueren unos 19.000 niños por causas evitables (hambre, higiene, vacunas). Es decir que al año, se nos mueren unos 7 millones de pequeños ( 1 cada 4 segundos). La mayoría de esos infantes podrían salvarse con menos de 50 centavos de dólar diarios. Poco más de 3 millones de dólares por año. Sólo Bill Gates, que guarda en su cuenta 65 mil  millones de dólares, podría evitar la muerte de esos niños durante unos 20 años invirtiendo apenas el 0,1% de su fortuna.

Así, se torna imposible sostener por mucho tiempo más una masacre de ese tenor. Sí señores, este mundo se va acabar. En realidad, este mundo ya se está acabando. Aunque quizás falte padecer mucho dolor todavía. Sólo en América Latina y el Caribe unos 180 millones de pobres siguen sin chance alguna de optar por una vida digna, mientras algo así como 60 millones de almas siquiera tienen la posibilidad de reconocerse como tales, sumidas en la miseria total y entregadas a la desesperada lucha por la sobrevivencia de sus cuerpos.

Ese mundo tan desigual está agonizando. No se trata apenas de una crisis del capitalismo como prefieren creer nuestros propios gobernantes, que intentan –algunos con las mejores intenciones- reorganizar el sistema, refundar el capitalismo y otros devaneos. No se trata de una crisis coyuntural. Ni siquiera de una crisis estructural. Se trata de una crisis terminal. Es algo más profundo y definitivo: el fin de la actual civilización materialista. Lo que estamos vivenciando más que una época de cambios es un cambio de era.

No hay peor ciego...
El fin de la civilización humana está presagiado desde sus propios inicios y ha inquietado al ser humano desde siempre. Lo que hoy llama poderosamente la atención es la coincidencia creciente de diversas profecías y la convergencia con ellas de desastres ambientales y estudios científicos.


Martin Rees, astrónomo de la casa real del Reino Unido calcula que las chances de que un desastre apocalíptico alcance a la Tierra pasaron del 20 por ciento, cien años atrás, al 50 por ciento de estos días. En su libro Our final hour (Nuestra hora final), el cientista británico apunta como causa fundamental a los avances científicos que se tornan cada vez más imprevisibles y peligrosos. Terrorismo nuclear, virus mortales criados en laboratorio, máquinas descontroladas y técnicas de ingeniería genética podrían alterar el carácter del hombre y transformarlo en otra cosa, en otra especie.

Olas de calor o de frío matando miles de personas, derretimiento de los hielos polares, aumento de las aguas de los mares, creciente desertificación, degradación de los ecosistemas, lluvias ácidas, tsunamis, terremotos, multiplicación de ciclones, inundaciones desvastadoras, disminución de las fuentes de agua potable no son profecías ni anuncios apocalíticos. Son realidades con las que ya estamos conviviendo sin que les otorguemos la importancia decisiva que tienen para nuestra propia vida. Tenía razón John Lennon cuando advertía que la vida es todo eso que nos pasa mientras nosotros estamos ocupados haciendo otras cosas.

Nuestra primera vez
¿Y qué estamos haciendo mientras pasa todo eso? ¿No advertimos en esos eventos señales poderosas de cambios profundos? ¿ De qué sirve que un obrero consiga hoy un aumentito en su salario después de pelear durante dos o tres meses si la semana próxima pierde su casa entera, arrasada por las aguas de una inundación o derretida y sepultada bajo la lava incandescente de un volcán o tragada por la tierra en un terremoto? ¿Cual es el sentido de los briosos reclamos de ciertos productores agropecuarios para que le sean reducidos los impuestos a la exportación de sus  cosechas si de repente una brutal sequía los deja sin chance de sembrar ni cosechar nada? ¿Cuál es la importancia del hospital de alta complejidad que algún ministerio de la salud acaba de inaugurar a un altísimo costo financiero si ese mismo ministerio no consigue apreciar que los cambios climáticos procrean un simple mosquito capaz de sumergirnos en una epidemia mortal de dengue? Con el carro delante del caballo no vamos a ninguna parte.

Se calcula que hace unos 3.500 millones de años aparecieron los primeros signos de vida en la Tierra. En todo ese tiempo, el 99% de las especies surgidas han desaparecido, tragadas por cinco grandes oleadas de extinciones. Los especialistas se están haciendo la siguiente pregunta: no habremos iniciado la sexta ola de extinción? De lo que no cabe duda es del ritmo que se observa por estos días, que se acelera continuamente y que ya representa una relación de hasta mil veces superior al ritmo promedio de desaparición de las especies. Es decir, el agua sube imparable buscando nuestro cuello mientras nosotros chapoteamos haciéndonos los distraídos.

En todo el proceso de extinción han incidido de manera decisiva los radicales giros climáticos experimentado por el planeta. La Antártida congelada de hoy ya gozó de un clima cálido y húmedo y Europa ya fue bien parecida al África actual. Pero en ningún tramo de esa historia se registra la participación directa del hombre. De confirmarse la tendencia del calentamiento global y sus inevitables y desastrosas consecuencias, esta sería la primera vez en la extensa saga que los seres humanos seríamos los principales responsables de un cambio climático planetario.

Es el dinero, estúpido
Y ya estamos preparando el terreno. Frente a aquellos eventos catastróficos hacemos de cuenta que el asunto no es con nosotros porque, en verdad, si los asumimos deberíamos admitir que nosotros mismos somos cómplices en grado de partícipes necesarios de tamaños desastres. Y eso nos pondría ante la obligación de desmontar la siniestra maquinaria que construímos.



Bajo el eufemismo aséptico de “procesos de producción y desarrollo” durante el siglo 20 se aceleró y profundizó la estúpida tendencia humana a la dominación. De la naturaleza en general y de los demás seres humanos en particular. Estúpida porque no existe fuerza de la naturaleza alguna que el hombre pueda siquiera controlar. Y porque, en la esencia de la condición humana, la obstinación por la libertad se resiste a todo y cualquier ensayo dominante.

Y así, estúpidamente, las guerras de dominación –territorial, política, económica, cultural, etc- se basaron en la disputa por la materia, cuya traducción funcional acabó siendo el dinero. De ese modo, e independiente del sistema económico de cada cual, se estableció un consenso mundial: el ranking de poderío de los países se estructura en orden a la cantidad de dinero que juntó cada uno. 

Después las guerras se privatizaron pero siempre sobre el mismo patrón de juego: quien tiene más dinero, más capital, tiene más poder. Y cada hombre y cada mujer en vez de ser valorados por sus talentos, por sus valores espirituales, pasaron a ser apreciados por el lugar que cada uno ocupa en las relaciones de producción. La carrera por la acumulación de capital concluyó en eso: un juego, un juego macabro en el que todo vale, donde la competencia es feroz y el fin justifica los medios. Y donde esos medios, los instrumentos, van arrasando con todo.

Final del juego
El creciente calentamiento global responde, por una parte, a reordenamientos cíclicos de los sistemas estelares -y por ende de nuestro plantea- en su natural curso evolutivo. Pero el agravamiento del denominado cambio climático es el fruto de la carrera infernal y autodestructiva por producir y producir, por desarrollarse y desarrollarse. De tal modo y basada en el permanente estímulo al consumo desenfrenado, se generó una sobreexplotación de los recursos del planeta, innecesaria y contraproducente para la sustentación de sus habitantes. 

Deforestación descontrolada, contaminación atmosférica, agricultura tóxica, extracciones contaminantes de minerales, desvíos de cursos de agua, explotación ilimitada de recursos no renovables, fueron algunas de las consecuencias lógicas de una disputa demencial para comercializar bienes y servicios y obtener así ganancias que aumentasen el capital, el dinero guardado. En ese sentido se estimuló perversamente la sobrepoblación de las ciudades de modo tal de concentrar consumidores, y con tal exceso se produjeron degradaciones ambientales irreparabales.

Sí, no duden, este mundo se va a acabar. Como lo profetizaran los mayas, es el fin de los tiempos, de los tiempos ruines, sórdidos, miserables. El materialismo en todas sus formas y fórmulas – llámese capitalismo, llámese socialismo o como fuese- está llegando a su fin.

Los países ricos representan menos de ¼ parte del mapa terrestre y concentran 80% de los recursos del planeta. Apenas 500 familias se alzan con el 50% de la renta de todo el mundo. Y sólo el 1% de la población mundial embolsa el 96% del total de las ganancias. Los grandes señores han acumulado todo. Y por eso mismo el juego se acaba. La civilización que privilegió la materia por sobre el espíritu se ha quedado con todas las fichas y con todas las cartas. Ha dejado al otro afuera del juego. Ya no tiene con quien jugar.

Y han fracasado, básicamente, por un elemental y craso error de cálculo: aún con todo el dinero acumulado no han podido –como imaginaban hacerlo- comprar el corazón del hombre ni los generosos favores de la naturaleza. Porque, como ejemplifica el maestro Oscar Quiroga...

"... El dinero compra una casa, pero no un hogar.
El dinero compra la cama, pero no el sueño.
El dinero compra el reloj, pero no el tiempo.
El dinero compra el celular, pero no la comunicación.
El dinero compra títulos, pero no el respeto.
El dinero compra la medicina, pero no la salud.
El dinero compra sexo, pero no amor...

... El dinero es el cordón de aislamiento que retiene nuestra especie dentro de las formas materiales, exilándonos del contacto alegre y confiante con la vida que circula libremente por el Universo. La era del dinero va llegando a su fin, porque el cielo y la tierra se aproximan. Y el escenario de ese encuentro es el corazón humano, que se torna consciente y real".q
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