Vivir bien, dignos y felices

quarta-feira, 4 de junho de 2014




* Por Alú Rochya

Una idea de vida surgida en las comunidades indígenas del Abya Yala -América- se está abriendo paso en el incipiente pensamiento filosófico del siglo XXI. Es el concepto de el buen vivir  que, en oposición al vivir mejor, se plantea como un modelo de vida o de desarrollo más justo, más sostenible o sustentable, más ecológico. Está avanzando con especial fuerza en América Latina, hasta el punto que, recientemente, Ecuador y Bolivia han incluido el buen vivir en sus respectivas constituciones como el objetivo social a ser perseguido por el Estado y por toda la sociedad.

En oposición al vivir mejor occidental y al vivir cada vez mejor de la lógica neoliberal, el buen vivir propone un modelo de vida mucho más justo para todos. Para que unos pocos vivan mejor, que es lo que sucede ahora en el Primer Mundo, para asegurar esas desmedidas demandas de consumo y despilfarro, tiene que existir un Tercer Mundo que provea de materias primas y mano de obra baratas. En definitiva, muchos tienen que “vivir mal” para que unos pocos “vivan bien”.

El buen vivir es, en cambio, muchísimo más equitativo. En vez de propugnar el crecimiento contínuo, busca lograr un sistema que esté en equilibrio. En lugar de atenerse casi exclusivamente en datos referentes al Producto Interior Bruto u otros indicadores económicos, el buen vivir se guía por conseguir y asegurar los mínimos indispensables, lo suficiente, para que la población pueda llevar una vida simple y modesta, pero digna y feliz.

Es bueno destacar que el buen vivir no puede concebirse sin la comunidad. Justamente, el buen vivir irrumpe para contradecir la lógica capitalista, su individualismo inherente, la monetarización de la vida en todas sus esferas, su deshumanización. Aunque su escenario de puesta en práctica ideal sea el campo, dónde la articulación política del buen vivir en modestas pero felices comunidades soberanas y autosuficientes resulta más sencillo, también existen intentos de llevar el buen vivir en las ciudades, con asambleas de barrio, búsqueda de espacios comunes de socialización, huertos urbanos, bancos de tiempo, cooperativas de consumo, etc.

El buen vivir constituye un paradigma de sociedad sustentable basado en el acoplamiento equilibrado y equitativo entre economía y naturaleza, de tal suerte que la vida entera esté garantizada para la especie humana. Y aquí cabe una precisión fundamental: en una relación de reciprocidad entre seres humanos y naturaleza, la especie humana al garantizarse a si misma su continuidad garantiza la supervivencia de todo lo demás, facilitando que los encadenamientos tróficos fluyan sin quebrantos y los ecosistemas mantengan su equilibrio y así puedan cumplir su misión ecológica de sustentar toda forma de vida. O sea: un círculo virtuoso de ecología viva.


Reencontrar el sentido de la vida
Para ingresar a la comprensión y construcción de este nuevo paradigma se hace necesario deshacernos de visiones aparentemente novedosas sobre sustentabilidad y sostenibilidad, pero que buscan más la sostenibilidad del capital que de la naturaleza. En el Tercer Mundo, el discurso del desarrollo sostenible redefine al medio biofísico como "ambiente", y concibe a éste como una reserva para el capital.

Más aún, dentro de este discurso es imposible hablar de naturaleza como construcción socio-cultural. La naturaleza desaparece al ser reemplazada por el ambiente. Se declara así la muerte semiótica de la naturaleza como agente de creación social. Al mismo tiempo, el desarrollo sostenible reduce la ecología a una mayor forma de eficiencia. Se trata ahora de producir más a partir de menos, y con mayor racionalidad. Pero de lo que se trata, casualmente, es de producir menos, quemar menos recursos planetarios, administrarlos con sabiduría para que pueda cumplirse siempre el ciclo de renovación y siempre pueda disponerse de los recursos realmente necesarios para todos.


En el proceso de cambio de matriz energética, la biotecnología se erige como encargada de asegurar el uso eficiente y racional de los recursos. En los últimos años, las comunidades locales y los movimientos sociales están siendo llamados a participar en estos esquemas como "guardianes" del capital social y natural. De esta forma, discursos tales como los de la biotecnología y la biodiversidad pueden terminar asistiendo al capital en la conquista semiótica del territorio: "las comunidades, o sus sobrevivientes, son finalmente reconocidos como dueños legítimos de sus recursos ‑o lo que queda de ellos‑ pero sólo en la medida en que acepten ver y tratar estos recursos (y ellos mismos) como "capital" a ser puesto en circulación en beneficio del proceso de acumulación".

Esta entrada ecológica requiere de cambios fundamentales en el entendimiento del sentido de la vida por parte de la especie humana. Ello implica que la economía cobre una dimensión diferente al crecimiento económico y a la acumulación capitalista. El fetiche del consumo que la empresa capitalista nos inyecta en los poros de nuestro imaginario sobre la realización de la felicidad al poseer sus productos es la gran alienación de lo humano sobre los elementos constitutivos del ser: solidaridad, comunidad, respeto, paz, sencillez, etc.

En la búsqueda de vivir bien el equilibrio absoluto con la Madre Tierra es básico, esencial y determinante. Los saberes ancestrales de los pueblos indígenas para con el planeta pueden resultar claves para ensayar esta nueva comprensión del sentido de la vida. Nacido del conocimiento de la profunda conexión e interdependencia que tenemos con la naturaleza, el buen vivir y su apuesta por un desarrollo a pequeña escala, sostenible y sustentable, nos parece una solución no sólo positiva sino necesaria para impulsar una vida digna para todos a la vez que garantizar la supervivencia del planeta.q
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