Tus hijos no son tus hijos

sábado, 19 de julho de 2014




*Por Alú Rochya

Un alma que llega acá, que encarna en este planeta, es un proyecto absolutamente original ideado en cielos lejanos. Rayo de luz, energía pura, el alma toca la tierra y necesita un traductor kinésico, algo, alguien que le permita andar por estas tierras, tan prometedoras y paradisíacas como arduas, complejas, hostiles. Se precisa de un corpus, un cuerpo, un muñeco, un robot con flexibilidad de carne, orgánico, órgano, autónomo, independiente, con cara única de sí mismo.

Como ya se sabe que el alma llegará pidiendo pista, un padre y una madre hicieron, en su hora, lo necesario. El padre cumpliendo con su papel de padre, que quiere decir creador, inventor, autor, iniciador. Es él quien comienza la tarea pulsando mínimos y caudalosos ríos de albisangre. La madre -que quiere decir origen, causa, cauce-, encausando la sangre en su lecho.

A la hora señalada, la luz que llega y la carne recién inaugurada se abrazarán en el estallido primero, con un grito-llanto, un alarido-niño, que celebra el arribo tan deseado y a la vez padeciendo la certeza del horror que se avecina (la vida es bella pero el mundo es cruel, sí). Ahí, a la hora del nacimiento, padre y madre comenzarán de nuevo a entretejer lo suyo, a hacerse de nuevo hueco-bambú para canalizar la energía-amor que llega desde la fuente original, para iniciar en este plano al bienvenido animal de galaxia y darle cauce al proyecto divino que se trae bajo el brazo.

La palabra hijo quiere decir originario, oriundo. Si prescindierámos de todos nuestros erráticos conceptos, deberíamos decir que cuando nace una persona, llega a este plano un hermano originario, oriundo (hijo) de aquella estrella distante. Un hijo es aquel que llega, un igual a nosotros sólo que diferente. Absolutamente original en esencia y desventajosamente disminuído en presencia. Pero exactamente como nosotros, de la misma rama, del mismo árbol. ¿Se entiende?

Un hijo/una hija es un hombre/una mujer en un cuerpo pequeño. Cuando el oriundo es adulto, la cosa se ve más clara. Presencia crecida y esencia diferenciada, ahí puede apreciarse que no es otra cosa que un hermano cósmico de sus padres, un congénere de ese hombre y esa mujer. El hijo es otro hombre más, otra mujer más de la tribu.

Quiero decir que un hombre y una mujer que, en cualquier circunstancia, tengan un hijo, traigan un hijo, reciban un hijo, en verdad están recibiendo a un hermano más. Al que hay que ayudar a iniciarlo en este mundo, dándole todo lo que podamos darle a fin de que su camino sea exitoso. Porque la experiencia particular de ese ser es parte de nuestro ensayo general, de nuestro proyecto colectivo, del Plan Maestro.

Hay, por tanto, un tiempo en el cual nuestro aún frágil hermano debe ser cuidadosamente amparado. Un momento de nuestra vida tiene que ver con el cumplimiento de esa parte de nuestra vivencia individual, de la experiencia de ser padre-creador y madre-cauce, que incluye el sentimiento de la solidaridad, el sentir todo como un uno sólido, como uno solo. Así, hasta que el hermano, ya fortalecido, pueda comenzar a andar por la vida con su propias piernas.

In'lakech, se saludaban los mayas diciendo en su lengua yo soy otro tú. Yo soy el otro, ese que está naciendo, ese que llega ahí fui yo; esa que llega ahí soy yo. Y está llegando como yo llegué y siendo como yo fui. Ese que llega ahí es un espíritu libre; libre de todo y libre de mí. Parecido a todos nosotros, pero idéntico a sí mismo. Antes que un hijo mío es, como yo, un hijo de la vida, tal cual nos enseñaba Kalil Gibran cuando nos decía...

.... tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.

No vienen de tí, sino a traves de tí
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos
pero no procures hacerlos semejantes a tí
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.

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