El arte luminoso de escuchar

terça-feira, 16 de setembro de 2014



* Por Alú Rochya

Hablamos, sí. ¿Nos escuchamos? ¿Realmente escuchamos al otro? ¿Escuchamos lo otro, lo diferente a lo nuestro? ¿Escuchamos?... Oímos, sí, pero ¿escuchamos?  Porque, se sabe, oir y escuchar no es lo mismo. Oir, oímos en general. Percibimos los sonidos, captamos las palabras y hasta decodificamos los símbolos lingüísticos. Oímos, hacemos uso de nuestro sentido de la audición. Pero al oir no prestamos demasiada atención. Recogemos el discurso pero no aprehendemos los mensajes. Oimos lo que se dice pero no lo que se quiere decir.

Escuchar es otra cosa. Es una recepción fina, oir pero en particular, prestando atención; es decodificar el contenido, el mensaje, lo esencial. Oir es como aprender una música “de oído”, escuchar es leer toda la partitura, con todos su detalles. Escuchar es abrir todos los canales para que el otro, lo otro, llegue hasta nosotros. Y para que lo que nos llegue sea exactamente lo que es. No lo que nos imaginamos, lo que suponemos, lo que nos parece, sino lo que es. Oímos con el oído y 
 escuchamos con el alma.

-Sabes?, ando con ganas de morirme...
-Pero déjate de joder, qué es eso, no hables pavadas. A mí también ya me aconteció, ya se te va a pasar....

Hay un tipo enfrente nuestro que dice no tener más ganas de seguir viviendo. El sólo enunciado ya es grave. ¿Qué le sucede a ese hombre? ¿Está cansado de la vida?, acaba de sufrir un desengaño?, viene sobrellevando alguna enfermedad terminal?, anda padeciendo una profunda depresión?, ha enloquecido?, simplemente su equipo de fútbol favorito acaba de perder un cotejo decisivo?.. Las preguntas básicas, casi obligatorias, el interrogante mínimo (qué te pasa? por qué?) respecto de lo que siente y piensa ese hombre quedan silenciadas por las palabras del otro, que expresan lo que siente y piensa el otro, el que supuestamente debería escuchar, para quien se trata de pavadas, 

En la mayoría de los casos no nos escuchamos. La mayor parte del tiempo no nos comunicamos, sólo tomamos turnos para hablar.

Escúchame, quiero decirte algo
¿Y porque acontece tamaña asimetría? ¿Será que escuchamos con nuestros propios temores, con nuestras ansiedades, nuestras ambiciones y deseos? ¿Será que escuchamos con nuestras proyecciones y así le ponemos una pantalla, un filtro, a los que nos llega? De tal modo resulta imposible receptar lo que viene del otro, lo que nos llega desde fuera de nosotros. Y terminamos escuchándonos a nosotros mismos, lo que tenemos adentro. Lo otro, lo que viene de afuera apenas actúa como un disparador. Sin saber lo que el otro nos quiere comunicar no puede haber verdadera comunicación y así, el contacto con el otro no existe.

-Sorda!
-Gorda???... Más gorda será tu abuela!!!

En lugar de receptar los datos nuevos de la realidad que se nos presenta, recibimos lo de afuera como un estímulo que nos dispara lo que nosotros sentimos y pensamos, y de tal modo pasamos a bloquear esos datos ajenos y a hacer un mero repaso de nuestro archivo de datos personales.

-Lo que pasa es que vos escuchás lo que querés..
- ...
Cuando un perro nos ladra, lo primero que sentimos es la amenaza de un perro que quiere atacarnos, cuando en realidad y en la mayoría de las veces los perros ladran por miedo a ser atacados. Sí, en general escuchamos lo que queremos. Sucede como en el cuento del necio que comía jabón blanco creyendo que era queso. Un amigo lo advierte de su equívoco y le demuestra que es jabón. El necio, largando espuma por la boca pero apegado a su propio archivo, responde: “será jabón, pero tiene gusto a queso”. 


El necio hizo oídos sordos a lo que dijo el amigo y por eso mantiene inmodificable, intacta, su propia creencia. Escucha condicionado por los registros de su mente y así se queda afuera de la realidad. ¿No es así la locura?

Como tenemos ideas preconcebidas, puntos de vista personales, cuando nos disponemos a “escuchar” sólo lo hacemos para confirmar esas ideas. En general no queremos escuchar otra cosa. Y esa conducta nos recluye en una torre, prisioneros de nosotros mismos, secuestrados en un autismo esterilizante, frustrando toda y cualquier evolución personal, negándonos a la conciencia del todo (nosotros, los otros, lo demás), parciales, incompletos, infelices.

Las palabras en sí mismas, no dicen demasiado. Solas, sueltas, hasta confunden. Cada palabra viene con su hora, con su tono, su sentimiento, su energía particular. La palabra mamá puede querer decir muchas cosas diferentes y hasta contrapuestas. Amor, abrigo, cuidado, alimento, mimos, comprensión, ternura, paciencia. Pero también puede querer decir odio, desamparo, frialdad, furia, amenaza, castigo, crueldad, desamor. La palabra mamá, así, sola, dice poco. Todo va a depender de quien la pronuncie, cómo, cuándo, dónde, en qué contexto, con qué evocaciones personales. Y más aún va a depender de quien la oiga, pues para este receptor el vocablo tiene un significado personal que no debe distorsionar el significado del emisor. Y para eso hay que escuchar bien. Con los oídos y con el alma.  

El rayo no es el trueno
El sonido es un lenguaje, un medio para comunicar algo. No es el algo. Las palabras y los demás sonidos traducen algo que acontece; son otra cosa, no la palabra en sí, el sonido en sí. El rayo no es el trueno; lo anuncia, avisa que ha llegado que ya está aquí, pero no es el trueno. El llanto de un bebé no es el hambre del bebé sino el modo que usa el bebé para pedir una teta. El suspiro de una enamorada no es el sentimiento de embriaguez del amor inaugurado, es la sutil reflexión acerca del carácter maravilloso y nutritivo de ese sentimiento singular. Si una pena nos atraviesa y el amigo nos dice “sé fuerte, no te caigas” no está pidiéndonos que conservemos la vertical sino que mantengamos elevado el ánimo. El rumor del agua que corre en la noche quieta no es el agua; y sin embargo solemos decir “escuchá el agua...”. Por ahí va la cosa, por escuchar lo que es, no apenas la forma de su anuncio.



El punto es escuchar, ver lo que está detrás de las palabras, detrás de los sonidos. Y para eso se precisa estar atento, poner atención, una atención relajada. 

Liberarse de cualquier obligación de imputar datos y, en cambio, recibir el fluir de esos datos, la energía de esos datos que nos revelará el mensaje. Liberarse de cualquier interés personal porque ese interés nos hará escuchar lo que deseamos y no la verdad. Una vez que tengamos la verdad –nos guste o no esa verdad- podremos evaluar como calza con nuestro interés. Aunque a veces, como dice el poeta, saber la verdad es como restregarse con arena el paladar. Pero si no accedemos a la verdad, nuestras acciones posteriores no servirán de nada pues estarán pisando en falso. Conocer la verdad libera nuestras potencias, nos hace potentes, nos empodera. Para conocer la vedad es indeludible escuchar verdaderamente todo.

-...me estás escuchando?
-ahh?... disculpa, es que estaba con la cabeza en otra cosa.

Con la cabeza en otra cosa... Es decir, nos engañábamos y engañábamos al otro. No estábamos escuchando, estábamos en otra cosa. Cuando miramos una puesta de sol sobre el horizonte, escuchar-mirar-ver la puesta de sol es eso mismo y no ponernos a describirla, elogiarla, compararla. Porque cuando hacemos todo eso dejamos de asistir a la puesta de sol con todos nuestros sentidos. Asistamos a ella y nada más. Y descubriremos cosas que nunca antes percibimos.

¿Tenemos idea de todo lo que nos perdemos al no escuchar del modo cierto? ¿De todo lo que dejamos de enterarnos? ¿De todo lo que dejamos de conocer de otro, de un lugar, de una situación, de un momento? ¿Nos hacemos una idea de todo lo que dejamos de comprender y todo lo que esa falta de comprensión nos complica la vida cotidiana, nuestra relaciones, nuestros trabajos?

Hay muchas más estrellas
La vida está aconteciendo en un momento raro del mundo. Todo está confundido, mezclado, contaminado, pleno de contradiciones. Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que es um momento de pasaje de una época para otra. Y ahí está esa convulsión toda. Desaparecieron todas las certezas. En un momento como éste se torna imperioso decodificar que está pasando para intentar comprender de qué va la cosa. Y para lograr comprender hay que saber escuchar. Pues hay muchas más estrellas de las que podemos ver. 

Los tiempos están corriendo raudos, produciendo transformaciones en una velocidad espantosa. Si no acompañamos los cambios cambiando también nosotros, la vida nos pasará por encima y un buen día nos descubriremos anclados en la nada. Escuchar es ver, es sentir otras cosas diferentes a las nuestras. Si descubrimos cosas diferentes a las nuestras, descubriremos, con alegría, que el mundo es mucho más amplio y la vida muchísimo más rica. Y podremos ver que nuestro camino puede ensancharse y nuestra vida enriquecerse. Podremos, en definitiva, transformarnos, misturando, combinando, sintetizando nuestra propia riqueza con el resto. Y así acompañar la transformación de los días, danzando con ellos.


El escuchar es un arte. De gran belleza y comprensión. Y ese arte, básicamente, consiste simplemente en escuchar. Dejando de lado nuestros preconceptos. Con el corazón. Los que aman saben escuchar. Porque están en contacto con lo que aman. Sin otro interés que el estar en contacto, escuchan sin condicionamientos, libremente. Y ese escuchar libre ilumina la verdad y la verdad nos ilumina.

¿Qué tal si la próxima vez que alguien nos diga algo probamos ensayar simplemente escucharlo? Sin ideas previas, sin pensamientos, sin la cabeza en otra cosa, abiertos, curiosos. Directamente en contacto con el otro, dejándonos llevar por el río verbal del otro, sin ofrecer resistencia, sin colocar barreras entre nosotros y aquello que no deseamos escuchar. Atento a lo que las palabras arrastran en su fondo. Si logramos ese contacto, sabremos si lo que el otro dice es verdadero o falso. Y, créase o no, así nos liberamos. Porque el puro acto de escuchar trae su propia libertad. La liberación que produce la verdad.

Enseñaba un gran maestro: “Estamos constantemente tratando de ser esto o aquello. De capturar alguna experiencia o de evitar otra. Así, andamos con la mente siempre ocupada; jamás está quieta para escuchar el ruido de nuestras propias dificultades. Si nos escucháramos también a nosotros mismos, sin preconceptos, alertas a nuestros propios conflictos y contradicciones, sin forzarlos para que calcen dentro de un patrón particular de pensamiento, dentro de una regla, dentro de una moral, dentro de una ideología, de una creencia, tal vez esos conflictos y esas contradicciones dejarían de existir como tales, cesarían por completo. Y nos sentiríamos libres”.

Escuchar lo que es tal cual es –nos guste o no-; escuchar la verdad –triste o alegre-, libera. Aliviemos nuestra sordera y abramos de par en par nuestro corazón. Hagamos la prueba. Liberémonos. Al final de cuentas, todos tenemos derecho a ser libres y felices. q
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