El tiempo es veloz

terça-feira, 11 de novembro de 2014



* Por Alú Rochya

 ¿No tienes la sensación de que el tiempo está corriendo más veloz? ¿Como si la parábola de nacimiento, apogeo, decadencia y muerte que marca la existencia de todas las cosas hubiese ganado en fugacidad? Un amigo me lo hizo notar hace un tiempo, al confesarme cierta desorientación frente a la liquidez de los hechos cotidianos: “la verdad?... es que no sé adónde vamos, lo único que sé es que vamos muy rápido”. ¿Y hacia dónde es que nos dirigimos tan raudos?

Hoy, sin duda,  el tiempo se ha tornado más veloz. No es apenas una sensación, es una realidad. Por una parte la tecnología ha acelerado los contactos entre seres humanos y con ello aceleró las decisiones, los movimientos, los encuentros y las despedidas. Por otra parte la carrera por la ganancia de dinero ha llegado al paroxismo y la competencia se ha hecho feroz, sin lugar a la mínima distracción. Finalmente, el modo de promover mayores lucros es convertir todo en material descartable y así, el ir y venir de las cosas, el aparecer y desaparecer de la información alcanzan una celeridad inusitada. Sin embargo, parece haber algo más que todo lo acelera.

En algún momento de su larga jornada el hombre percibió uno de sus mayores dones: el poder de la creación. Comprendió entonces que no sólo él y las cosas a su alrededor eran creadas sino que también él mismo podía crear. Y tomó el barro y amasó; y esculpió una piedra e hizo un hacha; frotó una ramita en la piedra y encendió el fuego; construyó la rueda; pudo ir más lejos; sometió a animales, doblegó a las plantas, cambió el curso de los ríos. De a poco se sintió un dios. No el dios que realmente es, ese dios parcial, ese dios-parte, ese dios-tributo del espíritu universal sino otro, un dios más terreno pero absoluto, capaz de dominar la materia, hacerla y deshacerla.

Haciendo y deshaciendo, el hombrecito-dios  llevó al apogeo su increíble y portentosa civilización materialista. Y con ella, llegó a la cumbre, donde ha sido poderoso y, por momentos, hasta feliz. Pero siempre supo que, en esta dimensión, después de llegar a la cima no hay otro lugar a alcanzar que no esté abajo. Y el hombrecito-dios ha iniciado, a regañadientes, el inevitable descenso.

Desciende con todo el peso de su creación en la mochila. Por eso el descenso se hace veloz. La gravedad acelera el vértigo. La Madre Tierra se parte aquí y allá para recibirlo en un abrazo profundo que lo llevará a la muerte. Muerte que acabará con todo lo que fue y le dará vida nueva, pariéndolo otra vez.

El planeta inicia un nuevo ciclo de vida, alineándose con los nuevos ciclos del sol y de nuestra galaxia. En esa armonización, se limpia de todos los daños y detritos generados por el hombre-productivista. Terremotos, tsunamis, temporales, huracanes, heladas, sequías son modos de expresión de Mamagaia, actuando como medium del mensaje silencioso que aquel hombre no supo escuchar. Tierra en transe, para decirle a ese hombre que el descenso desde el apogeo de la materia es en verdad una ascensión.

El universo se expande en un espiral ascendente. El sentido de la evolución nos muestra que todo va creciendo hacia arriba. El tiempo es veloz, sí, porque nos dirigimos raudos hacia el inminente fin de los  tiempos, el fin de estos tiempos de absurda acumulación de riquezas, de abismales desigualdades, de libertad cercenada, de miedos, de egoísmos, de odios.

Preparemos, con amor, el inicio de un tiempo nuevo, las condiciones para el parto de la nueva civilización. Otros tiempos vendrán, porque el sol siempre saldrá mientras que a alguien le queden ganas de amar. Y apuesto a que tú no quieres quedarte con las ganas. O sí?...q 


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