La bestia que desgarra al Gran Chaco

sexta-feira, 23 de janeiro de 2015



Pocos ecosistemas del continente sudamericano exigen tanta atención como la selva amazónica, pulmón del mundo, hospedaje de una de las mayores biodiversidades y el más grande reservatorio de agua dulce del planeta, que viene siendo sistemáticamente devastada por los voraces grupos del agronegocio. Tal vez por el tamaño y lo complejo de lo que ahí está en juego, otras vastas áreas de nuestra América como lo es el Gran Chaco, han pasado desapercibidas a los ojos de las grandes poblaciones del continente.

Apenas los más aplicados a la tarea de defender la natural existencia del planeta y la consecuente sustentabilidad que brinda para la vida de todos los seres que pisamos en este globo, vinieron hasta aquí acompañando lo que acontece en una zona geográfica y cultural que incluye partes del norte de Argentina, Bolivia, Paraguay y sur de Brasil. El Gran Chaco es un hábitat de 600.000 km2 en una caliente región semiárida, con un vasto ecosistema y alrededor de 40 grupos étnicos diferentes.

De la misma manera que a sus comunidades indígenas, vastas extensiones de territorio del Gran Chaco Americano, se habían ignorado hasta que la región se vio en la mirada de la agroindustria a gran escala en busca de sacar provecho a la rápida expansión de la demanda mundial de soja argentino. Y ahora la atención de diversos sectores comienzan a reparar en la magnitud del desastre ambiental que están provocando grupos empresariales que, en la carrera absurda de la feroz competencia mercadológica, se convierten en depredadores insaciables que no miden consecuencias en la búsqueda de la mayor ganancia posible. 

Hasta porque en varios casos se trata de los mismos actores multinacionales, existe un paralelismo en las experiencias del desmatamento de la Amazonia y el desmonte en el Gran Chaco. Junto a la indetenible producción de soja, la producción ganadera en expansión hacia el norte de la región también ha jugado un papel en la disminución de los bosques en esta parte sur del continente, de una manera similar a la industria ganadera en el Brasil amazónico.

Bosques nativos, especies animales y pueblos originarios son sistemáticamente arrancados de su hábitat. Los indios de la etnia ayoreo de Paraguay occidental, que incluyen a los últimos pueblos indígenas no contactados al sur de la Amazonía, tienen un enemigo que ellos llaman la bestia con piel de metal y atacante del mundo

La "bestia" en cuestión no es una criatura mitológica. Se trata simplemente de la máquina excavadora -o topadora-, que desgarra los bosques donde viven los ayoreo. Hombres, mujeres, niños y ancianos ayoreos sólo corren despavoridos ante el amenazador rugir de las excavadoras, dejando para atrás todas sus pertenencias y la tierra que los abrigó y los alimentó, generación trás generación, durante siglos.

Entre 1990 y 2011, Paraguay perdió más de tres millones de hectáreas del bosque chaqueño, con el consecuente desplazamiento de los ayoreo y la creciente amenaza a sus habitantes, grandes y pequeños, incluyendo la variada y singular vegetación y la fauna donde pueden encontrarse armadillos gigantes, monos aulladores, tapires y en especial la denominada panthera onca, conocida en Brasil como onça pintada y en el Gran Chaco como jaguar, yaguar o yaguareté, el gato salvaje americano más notable, que ha sido colocado en el inicio de un proceso de extinción.

Millones de héctareas de bosque nativo arrasado para beneficiar a los grupos de cultivo y exportación de soja
La tasa de deforestación de la región del Gran Chaco en octubre de 2014, fue 73.968 hectáreas, la cifra mensual más alta registrada desde que la organización Guyra Paraguay comenzó a monitorear el cambio de uso de la tierra en el Chaco en 2010.

En territorio argentino ocurre lo mismo, con las firmas del agronegocio que, violando todo tipo de ley ambiental, hacen tierra rasa con los bosques de uno de los más grandes biomas forestales de América del Sur. para cultivar soja transgénica y embolsar enormes dividendos a través de la exportación a China y otros países, que a su vez usan la soja apenas para alimentar el ganado que ellos a su vez exportan. Un círculo mundial de ganancias monetarias para unos pocos a  costa de la pérdida de la biodiversidad, de la estabilidad climática, de la fertilidad del suelo y hasta de los mananciales de agua, ventajas que protegen a millones de habitantes de la extensa área chaqueña.

Mientras tanto, sin el respaldo práctico de una decidida fiscalización gubernamental, los planes o programas de conservación se muestran impotentes frente a la implacable acción de “la Bestia con la piel de metal”.

La bestia de metal en acción



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